Por Guido Gómez Mazara
El modelo educativo dominicano exhibe muchas limitaciones en el orden tecnológico. Segregar las habilidades y destrezas en el mundo digital, desde los primeros escalones del aprendizaje, remite al inmediato aislamiento de ámbitos indispensables para adquirir una formación adecuada a los requerimientos del siglo 21.
Las estadísticas podrían hacernos comprender el desfase existente entre la educación básica y las características del modelo STEM. Por eso, un 12% de la población universitaria y técnica está registrada en software, inteligencia artificial, ciberseguridad, big data, Internet de las cosas y matemáticas.
Irónicamente, los niveles de empleabilidad en esos ámbitos, garantizan un 75% de acceso a fuentes de trabajo. De arrancada, las cifras expresan un desfase que nos obliga a un replanteamiento y/o aproximación de la ideal asociación formativa, porque 45% del estudiantado mantiene la opción de profesiones tradicionales. Y en el terreno de los hechos, la razón básica de los altos niveles de desempleo en profesionales radica justamente en que sus formaciones no son las demandadas por el mercado laboral.
Curiosamente, el relato clásico de que un título te jerarquiza socialmente, dándote niveles de respetabilidad, retrataba una época pautada por una sociedad trabada por reglas de una dictadura que produjo una multiplicidad de distinciones académicas al tirano, pero hizo del principal líder posrégimen merecedor de la categoría profesoral. Allí, las reglas de una sociedad enclaustrada posibilitaron amplios núcleos ciudadanos insertados en la dinámica universitaria en procura de grados. Prueba fue el salto obtenido por una amplia cantidad de jóvenes de pueblos remotos que llegaron a Santo Domingo a cumplir el sueño personal y reivindicación de familiares.
Hoy, el grito de perturbación del empresariado posee una carga de verdad sin precedentes: 64 % de empresas está preocupada por la escasa destreza tecnológica de empleados, 39% podrían reputarse de obsoletas al no adecuarse al orden digital y 22% de la automatización dejaría sin trabajo a nuestros ciudadanos. El déficit en el orden tecnológico exhibe una arista en capacidad de alertarnos desde la perspectiva del acceso al Internet: aunque 88.5% de la población tiene la facilidad acceder, 34% de los sectores de menor ingreso andan rezagados debido a las pocas habilidades alcanzadas.
Esto, de paso, profundiza la brecha digital en segmentos poblacionales marcados por la exclusión educativa tradicional. Rediseñar el modelo dotándolo de una carga tecnológica posibilita su adaptación al reordenamiento que atravesó el mercado laboral, hasta ahora deseoso de sembrar centros de capacitación en todo el territorio nacional para nutrir sus empresas de mano de obra calificada.
Este proceso habilitaría un escenario de inserción en el sistema de un 26% para los jóvenes “ni-ni”. El desarrollo vendrá de la mano de un proceso de alfabetización digital en capacidad de reducir las brechas educativas que arrastramos.
Enfatizar en programas de becas en STEM, establecemos las bases de un país que funcione para todos, para quienes quieren invertir y para quienes quieren trabajar. La decisión es apostar al presente para que el futuro llegue más temprano.
